Thelma Fardin: los laberintos del patriarcado y los límites del escrache

El partido que River le ganó a Boca para quedarse con la Copa Libertadores en una final histórica en Madrid fue hace nada más que siete días. Parece más: la denuncia penal por violación que la actriz Thelma Fardin hizo contra Juan Darthés y que hizo pública acompañada de más de cincuenta artistas corrió el eje de la opinión pública y se volvió central. A la voz de Fardin, que contó que el actor la violó cuando ella tenía 16 años y él 45, se sumaron las de muchas otras mujeres: algunas públicamente reconocidas, otras anónimas.

Los testimonios dieron cuenta de distintos tipos de delitos sexuales. Algunos episodios ocurrieron hace muy poco, otros tuvieron lugar hace décadas. Fueron contados en entrevistas radiales o programas televisivos, a través de las redes sociales, y también mediante cientas de denuncias por violencia sexual y de género asentadas en líneas telefónicas institucionales. Cientos de mujeres relataron las violaciones y los acosos de los que fueron víctimas siendo menores o mayores de edad. Algunos varones también escribieron sus historias: un vecino o un tío había abusado sexualmente de ellos hace más de treinta años y ahora podían contarlo.

Las reacciones entre los varones fueron diversas. El actor Juan Acosta, por ejemplo, tuiteó: «Si era difícil coger ahora va ser imposible, cuánto sale una muñeca inflable, es para un amigo». Fue masivamente repudiado. El docente e investigador Luciano Fabbri difundió un video que ya tiene más de 220 mil reproducciones en el que pregunta: «¿Cuántos Juan Darthés hay en tu grupo de amigos? ¿Con cuántos Juan Darthés compartís grupos de WhatsApp donde mandan videos de pibas de 16 años en shortcito? ¿Cuántos Juan Darthés necesitamos para saber que el problema no es Juan Darthés sino la masculinidad patriarcal y la complicidad machista en que se sostiene la cultura de la violación?».

«Los varones tienen la enorme tarea de reflexionar. Mostrarse siempre activos, siempre dispuestos para el sexo, insistir como si esa insistencia fuera importante para mostrar virilidad, todo eso está empezando a ser cuestionado«, explica Eleonor Faur, doctora en Ciencias Sociales y especialista en género, y suma: «La masculinidad ha sido una jaula para los varones. Por mandato, había que mostrarse canchero. Rankeaba alto el que tenía más compañeras sexuales a cualquier costo. En ese escenario, muchos varones preferían hacer silencio ante una actitud no saludable de algún par antes de advertir eso y ser juzgados como débiles. Ante este escenario, hay reacciones diversas: está el que dice que todas las mujeres estamos locas y también va a haber más de uno que reflexione».

Para Karina Felitti, historiadora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género que depende del Conicet, «esto que está pasando llevará a reconfigurar el sistema de cortejo». «La insistencia, que fue usada por los varones como una práctica de seducción, dejará de funcionar como tal porque en muchas situaciones empieza a leerse como acoso: los varones van a tener que aprender que el no puede llegar en cualquier momento», sostiene. «Algunos varones empiezan a tener miedo en este nuevo escenario: no es la mejor reacción, ya que conviene que haya un trabajo de deconstrucción de la masculinidad. Muchos empiezan a ser concientes ahora de sus privilegios y no lo habían pensado antes, pero se encuentran con que expresarlo puede tener el costo de dejarlos fuera de la cofradía masculina: es que el patriarcado afecta a todas las identidades«, describe.

La doctora en Filosofía Diana Maffía sostiene: «Esto que está pasando pone a las mujeres en una situación de demanda de equidad y justicia y a los varones los descoloca. Cada varón participa de un colectivo que tiene privilegios. En ese contexto, está el varón que nunca dañó a nadie y que es muy cuidadoso en sus vínculos: a él interpela Luciano Fabbri cuando pregunta ¿a cuántos varones nunca les dijiste nada? En esa convivencia apacible no se hace nada por remediar el privilegio del que se goza».

«Es importante no ponerle el mismo nivel de volumen a todas las prácticas que hoy están siendo cuestionadas», dice Faur, y suma: «Hay muchas víctimas que necesitan expresarse, pero no creo que el escrache sea la metodología más saludable como sociedad para revertir determinadas prácticas. Se vuelve muy inmanejable para la víctima que denuncia, sobre todo en redes sociales y más si son adolescentes o jóvenes. Hacen falta canales institucionales, que implican la posibilidad de defenderse del acusado: cuando pasamos del silencio al linchamiento eso no sucede».

«No todo escrache es linchamiento. Un linchamiento implica que un conjunto de personas dañe sistemáticamente a otra con extrema gravedad, pero a veces se habla de linchamiento cuando sujetos privilegiados pierden un poquito de ese privilegio», sostiene Maffía. «La política del escrache podría resultar injusta cuando no se usa la palabra adecuada. Es importante establecer la diferencia entre acoso, abuso y violación, porque son nombres de delitos. Pero también hay que contemplar que muchas veces se apela cuando la denuncia es contra un tipo de mucha fama y poder y viene de una mujer que no es reconocida. En esa situación, las pibas armaron redes de resistencia para que ninguna esté sola haciendo su denuncia». Para la antropóloga Rita Segato «es absurdo» pensar en establecer un límite ante una ola de denuncias públicas: «¿Quién se ocuparía de ponerlo?», reflexiona.