Son ciegos y trabajan de “panelistas”: historias de catadores que califican alimentos y evalúan la vida útil de un producto

Una persona entra, levanta la puerta del panel y deja unos frascos numerados. No los apoya, se los da en la mano a quienes, sentados, esperan del otro lado del durlock. El recinto es todo blanco: no hay cuadros, colores o decoraciones. Un muñeco del Chavo del Ocho y otro de Don Ramón rompen la pureza de un lugar desprovisto de estímulos visuales. No son necesarios. Apenas una ventana deja entrar señales del exterior. Es el Laboratorio de Evaluación Sensorial y Vida Útil del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), donde ocho ciegos trabajan en la evaluación de sabores y olores.

“Hay una fila de boxes con ventanitas que se asoman a lo largo de un pasillo blanco. Parece una escena de ciencia ficción, son como ratones de laboratorio”, describió Juan Manuel Repetto, periodista, divulgador científico y realizador cinematográfico. Es el autor del documental El panelista, una película de distribución independiente financiada por el INCAA que en 73 minutos aborda la ceguera desde el gusto y el olfato. Su conducto narrativo es Carlos Bianchi, quien pronunció la frase que inspiró el slogan del film: “Nadie nace capacitado”.

Los trabajadores hacen evaluaciones de olores, sabores y texturas. Algunos, incluso, han participado como jurados en concursos queseros (Adrian Escandar/)

Carlos está sentado en uno de los diez cubículos de la sala. Son, en total, ocho compañeros: aunque hay dos que están de licencia. Cada uno dispone de una computadora que habla donde cargar sus prestaciones. La voz mecánica de cada aparato respalda la -simpática- percepción de Repetto: hay algo de ciencia ficción en el área de análisis sensorial. Carlos es el líder del grupo de panelistas que se dedican a catar alimentos en un laboratorio de investigación.

Tiene 43 años y viste un delantal blanco. Está en pareja con Carla, entrenadora de fútbol, también ciega. Son padres de cinco hijos: Daira, de 5 años, Alexis, de 15, Carol, de 17, Ludmila, de 20, y Karen, de 22. Todos ellos gozan del sentido de la vista. Su historia es el conflicto y la excusa para humanizar la ceguera. El desplazamiento de su rol de coordinador por colaboradoras que conservan parte de su visión encubría el verdadero motivo de su desazón: una situación traumática con uno de sus hijos le hizo sembrar dudas en sus capacidades como padre. Hasta el momento, la ceguera nunca había sido un impedimento. Por eso le dijo a Repetto que nadie nace capacitado para ser padre.

Al director del documental ya lo llamaron de dos Universidades de México para pasar el film allá. Estrenado el 26 de septiembre en Cine Gaumont, ya se mostró también en dos escuelas de ciegos en Santiago del Estero (Adrian Escandar/)

“Venía siguiendo a ciegos que eran catadores, que evaluaban vinos y habían empezado a trabajar con cosméticos y shampoos. Me gustó el INTI, la arquitectura del lugar, ese pasillo donde no escuchaba personas sino computadores que hablaban. Parecía la Odisea del Espacio -dijo el cineasta-. Me pareció un universo que tenía que ser filmado pero la historia no la tenía”. Filmó un documental de media hora a modo de tesis para una maestría en periodismo documental. Era un retrato, un registro observacional, sin trama ni conflicto. Su realización contribuyó a la apertura de cuatro puestos de trabajo para personas ciegas. De la gratificación germinó la idea de presentar un proyecto para filmar un largometraje con financiación del INCAA. “Mi hipótesis era que el ingreso de cuatro personas iba a generar el conflicto. Carlos fue el encargado de capacitarlas y él se fue convirtiendo de a poco en el protagonista”, precisó.

Carlos quedó ciego a los ocho años después de una caída accidental a la salida del colegio en José C. Paz. “Perdí la vista por un golpe: tuve desprendimiento de retina. Me acuerdo de todo cuando veía, por eso uso mucho mi imaginación. Recuerdo los colores y las figuras pero del accidente me acuerdo solo cuando estaba corriendo. Cuando me desperté ya estaba en el hospital internado con los dos ojos tapados”, contó en diálogo con Infobae. Antes de convertirse en catador, fue operador técnico de radio, locutor, DJ, vendedor en La Solidaria pero lo echaron con justificación -dice- porque no tiene “parla” para la venta. También hizo un curso de reparación y armado de celulares y PC.

El documental abre, precisamente, con Carlos arreglando una de esas computadoras especiales. Lo hace con una destreza y precisión tal que sorprendió a Fernando Pino, director del laboratorio: “Ni yo viendo podría enganchar las piezas tan bien como hace él”. Fernando ingresó en 2007 para conducir un panel de personas con discapacidad visual contratados para evaluar leches en polvo de exportación. El laboratorio de evaluación sensorial había nacido en 1998 con la dirección de Haydeé Montero: lo fundó después de conocer a ciegos que cataban aceite de oliva en Catamarca.

Hace doce años existía la necesidad de disponer de un panel fijo de catadores. La concepción de un espacio de inclusión laboral para personas con discapacidad visual reforzó era un aliciente. De tener un viático dos horas diarias dos veces por semana a trabajar de lunes a viernes de 9 a 13 horas. Pasaron a ser contratados por el INTI. Fueron ocho empleados, después diez y ahora son ocho de nuevo. Reciben órdenes de trabajo internas y externas, demandas e investigaciones públicas y privadas. Empezaron probando queso y helados. Su trabajo, incluso, ya trasciende el espectro alimenticio.

Los ocho panelistas son Carlos Bianchi, Ayelen Giammarco, Paola Gutiérrez, Vanesa Álvarez, Natalia Malvicini, Marcelo Moure, Marcelo Vásquez y Romina Páez. El director es Fernando Pino (Adrian Escandar/)

En una época vinieron desde el centro de caucho del INTI por el reclamo de una persona que había tenido un problema con un revestimiento para una sala de ensayo -contó Fernando-. El compuesto absorbía muy bien las ondas sonoras pero largaba un olor insoportable. Y no sabían cómo resolverlo. Vinieron acá y los chicos hicieron un reconocimiento de todos los compuestos que formaban parte del caucho. Pudieron identificar en la muestra final cuáles eran los componentes que generaban el olor”.

Un ensayo convencional es el de una empresa que solicita un servicio porque desea cambiar de proveedor por razones de rentabilidad. Los panelistas se someten a pruebas discriminativas para identificar que el sabor del producto no se vea alterado por el cambio de fabricante. Caracterizan, también, el perfil de un producto. En los quesos, por ejemplo, evalúan 17 atributos que miden en una escala de intensidad de siete puntos. Actualmente están estimando la vida útil de leches fluidas ultrapasteurizadas. Alguna vez debieron calificar hasta los olores de interiores de autos de marcas reconocidas del mercado.

"Me gustó la arquitectura del lugar, ese pasillo donde no escuchaba personas sino computadores que hablaban. Parecía la Odisea del Espacio", relató Juan Manuel Repetto, director del documental, en relación a la sala de análisis sensorial (Adrian Escandar/)

Fernando nunca había hablado con una persona ciega antes de 2007. “Cuando entré era una incertidumbre gigante. No sabía cómo tratarlos o qué decirles. Traía una perspectiva de ellos más desde el lado de la compasión. A través del tiempo fue aprendiendo: me tuve que adaptar a ellos. Hay que entender que hay ciegos buenos y malos, menos y más inteligentes. La diferencia es que se manejan de una manera distinta a que la mayoría de la gente no está habituada”. Confesó que en un momento tuvieron miedo por saber si iban a poder subir las escaleras. “Fue un aprendizaje dejar ese concepto de lástima o la intención de querer ayudarlos siempre. Porque es justamente la forma en que menos les ayudamos. A veces, los ponemos en un lugar de inferioridad sin saber que son tan capaces como cualquier persona que puede ver”, explicó el director del laboratorio.

A veces me dicen ‘sos un genio, sos un genio’. Y no, no soy un genio, solo estoy trabajando”, reflexionó Marcelo Vásquez, un santafesino de 45 años que nació prematuro hijo de una madre víctima de violencia de género. “Me pusieron en una incubadora donde me pasaron dos cosas: perdí la vista y quedé negro. Es lo que me dicen, se pasaron con el golpe de horno. Yo intenté mirarme al espejo pero no pude verme”, reveló con la gracia de alguien que intenta naturalizar el diálogo.

Carlos Bianchi es el protagonista del documental. Tiene 43 años, cinco hijos y una mujer que quedó ciega a los siete años por un ataque de nervios se le cortó el nervio óptico. Él perdió la visión a los ocho años, producto de una fuerte caída (Adrian Escandar/)

Marcelo fue quien le avisó a Carlos Bianchi que en 2007 el INTI estaba buscando ciegos para probar quesos y helados. Se habían conocido en la escuela para ciegos de San Isidro, Román Rosell, donde jugaban al fútbol con una pelota envuelta en una bolsa para poder escucharla. “En la vida hice de todo -contó-. Intenté trabajar en un taller de zapatería, pero me rompía los dedos a martillazos. Intenté hacer carpintería, pero me lijaba los dedos. Vendí cosas en semáforos, me subía a los medios de transporte a vender. Hice música en la calle, también hago masajes a la tarde. Soy un tipo muy inquieto”.

Lo mejor que se puede hacer con una persona con discapacidad es darle una ayuda laboral, no otro tipo de ayuda. Después, en el trato, hay que intentar ser lo más natural posible”, concientizó. Lo mismo piensan Ayelén Giammarco, Marcelo Moure, Natalia Malvicini, Paola Gutiérrez, Romina Páez y Vanesa Álvarez, los otros seis panelistas. La película de Juan Manuel Repetto respeta ese principio: “Busqué ser frontal y hablar desde la honestidad: las personas están con los ojos blancos mirando a la cámara”.

"Son ciegos que no solamente por ser ciegos han desarrollado los otros sentidos, sino que se capacitaron específicamente para hacer determinadas pruebas sensoriales. Trabajan para determinar con el olor, el aroma o el gusto la fecha de vencimiento y la calidad del producto", explicó Juan Manuel Repetto (Fotos Adrián Escandar) (Adrian Escandar/)

Los ojos celestes de Marcelo Moure miran al interlocutor. Tiene atrofia óptica de Leber desde septiembre de 1997. Su afección es neurológica y a veces ve todo violeta, otras veces rojo, a veces su capacidad de visión alcanza un 12%, otras veces baja a un 7%, “siempre es según cómo me levante”. Paola Gutiérrez, en cambio, no tiene ojos por una patología congénita ocular. Natalia Malvicini tiene baja visión desde que a los catorce años empezó a percibir poca agudeza visual: después de un raid médico, la diagnosticaron retinosis pigmentaria. Ayelén Giammarco, por su parte, ve solo un 5% del ojo izquierdo por una enfermedad hereditaria: el derecho lo mantiene cerrado. Igual que los párpados de Marcelo Vásquez, quien perdió la vista en la incubadora. Los dos ojos de Carlos Bianchi, protagonistas del documental, son tan blancos como la sala del laboratorio.

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