Malas palabras y bocas sucias

A la nueva generación de tuiteros, tiktokeros y afines, le sorprenderá saber que hace unas décadas, en el milenio pasado, existía una cosa llamada «pudor», que era considerada una virtud. Consistía básicamente en una serie de reglas de comportamiento en público, incluyendo la preservación de la intimidad, y en particular, de las funciones corporales que ocurren de la cintura para abajo. Y también incluía, por cierto, la abstención de usar lenguaje procaz, o, como se decía entonces, «malas palabras» (término éste sepultado hace exactamente diez años por una ponencia de Roberto Fontanarrosa en un congreso de la lengua castellana).

Hermano.

La muerte del pudor no ocurrió de un día para el otro, pero probablemente pueda situarse alrededor del momento en que la invención del «reality show», y en particular, de «Gran Hermano» permitió la compraventa de la intimidad personal, que hasta entonces se creía imposible. Esa es la única explicación posible del éxito que en su momento tuvieron esos programas, que de otro modo no podían provocar otra cosa que el bostezo: el morbo por estar consumiendo la vida privada ajena.

Algo de eso se reeditó las últimas semanas en un juicio por difamación entre dos estrellas de cine, ex marido y mujer, que se replicó hasta la náusea en la prensa y las redes sociales. Bien que el juicio involucraba varias otras cuestiones graves en debate, entre las cuales no es menor la cuestión de la emancipación femenina.

Pero a los efectos de esta nota, nos interesa esa decisión descarnada y compartida por ambos ex cónyuges, de sacar los trapitos al sol, y mostrar todas las miserias de su vida en común. Un episodio en particular, involucraba una pelea que habría culminado cuando la dama, en señal de repudio, adornó la cama de su esposo con materia fecal. Cómo es que el zurullo llegó al dormitorio fue objeto de debate, pero una vez instalada esa imagen, ya no hay vuelta atrás: por mucho que se lo haya suavizado con el humor de los «memes», el hecho es de una impudicia que inevitablemente salpica a ambos participantes.

Pussy.

No menos impúdico está resultando otro «reality show» que se transmite por estos días, allá en el Norte, sobre los sucesos del 6 de enero del año pasado. Ahora sabemos que el vicepresidente de la nación más poderosa del mundo se salvó por un tris de ser linchado por la turba que tomó el Capitolio. Los patanes que entraban al edificio, impulsados por el propio presidente, al cántico de «ahorquemos a (Mike) Pence», llegaron a estar a escasos diez metros del lugar donde el funcionario se escondió durante cinco horas, auxiliado por el personal de seguridad.

Mientras todo esto sucedía, el presidente Trump, quien esa mañana había tratado al vicepresidente Pence de «wimp» («debilucho») por no prenderse al golpe de estado, luego siguió insultándolo con términos más gruesos aún, al punto que los funcionarios que prestaron testimonio se excusaron de repetir esos epítetos en forma textual. Dijeron «usó la palabra con p», en alusión a «pussy», término vulgar que designa al órgano sexual femenino, pero que en este caso querría decir algo así como «maricón».

Al parecer, al nada pudoroso Trump le agrada usar esa palabra. Poco antes de ser electo presidente se reveló un audio en el que aconseja a un amigo que a las mujeres hay que agarrarlas de ahí abajo («grab them by the pussy»), demostrando no sólo su vulgaridad, sino también su falta de respeto por las mujeres. Y su ignorancia sobre técnicas de seducción.

Procaz.

Por lo visto, el lenguaje procaz se ha vuelto común en la Casa Blanca. Tan luego el abogado en jefe del gabinete de Trump declaró que en su opinión las denuncias de fraude electoral en 2020 eran «bullshit», palabra que repitió en su testimonio ante el Congreso, sin sonrojarse ni esconderla.

Entre nosotros se observa también una llamativa tendencia al lenguaje grosero, en particular, entre animadores y políticos de la oposición. Aparentemente por consejo de sus asesores de imagen, estos operadores por derecha parecen haber llegado a la conclusión de que para mostrar en forma efectiva su indignación ante lo que perciben como desmanes del populismo, es necesario hablar como un carrero.

Pica en punta en esta carrera cierta periodista algo delgada, afecta a los teñidos de color electrizante, que no se priva de carajear y putear a diestra y siniestra, como si no la hubieran educado bien en su casa. Antes -durante la pandemia- al menos se lavaba la boca tomando agua con lavandina en cámara, pero ahora ni eso.

Pero no es la única. Un ex niño prodigio devenido chamán en la trasnoche de TV, no se priva de calificar de «choto» a todo lo que le desagrada o le baja las vibraciones espirituales. Hasta el lord mayor de Buenos Aires se ha vuelto afecto a ese tipo de desbordes, como cuando anunció que «le vamos a romper el c.. al kirchnerismo» en las elecciones del año pasado. Expresión poco respetuosa para con las diversidades sexuales, que también votan. Nobleza obliga, luego pidió disculpas «si molestó lo que dije».

Pero para el caso, en esta vidriera irrespetuosa, parece que todo da lo mismo.

Fuente: La Arena.

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