La intimidad de Los Pumas tras la dura derrota contra Francia: mucho silencio y un clima de unidad

La noche del sábado fue larga en el hotel Rihga Royal de Shinjuku, uno de los barrios más conocidos de Tokio por ser el más importante centro comercial y administrativo de la capital. Si bien la mayoría se fue temprano a sus habitaciones, algunos no pudieron dormirse hasta tarde pese al esfuerzo de 81 minutos de una altísima intensidad. Porque fue el partido ante Francia un duelo que lógicamente cansó desde lo físico pero que sobre todo agotó desde lo mental habida cuenta de un resultado que se mantuvo incierto hasta el final.

Ya bien entrada la madrugada del domingo en Japón, cuando del sábado argentino había pasado su mediodía, todas las luces del hotel se apagaron para empezar a dejar atrás la amargura de un debut en el que nada salió como se había planificado: ni en el sistema de juego que tanto se había entrenado en las últimas cinco semanas en Benavídez, Hirono y Tokio ni, por supuesto, en ese resultado que terminó en derrota y que complica fuertemente el futuro mundialista de Los Pumas.

Apenas terminado el partido y en el aislamiento del vestuario, no hubo reproches. No era el momento tampoco por la extrema calentura del momento. Sólo unos pocos se habían quedado en el estadio buscando a los familiares y a los amigos en una escena que no tuvo nada que ver, por ejemplo, con las de las recordadas y últimas victorias argentinas en los Mundiales (Irlanda en 2015, Escocia en 2011 o Francia, dos veces en 2007). Y cuando estuvieron todos juntos en las entrañas del estadio Tokio, sólo hubo lugar para que el capitán Pablo Matera le entregara a Guido Petti, la figura argentina en el partido, una camiseta en reconocimiento a sus 50 caps con el seleccionado.

Después apenas se habló un poco del partido y el énfasis se puso en una cuestión exclusiva. «No podemos desperdiciar los primeros tiempos», fue la única bajada de línea en ese momento. Y ese fue el mensaje a los medios cuando después pasaron por la zona mixta diez jugadores, tal como lo ordena el estricto protocolo de prensa de World Rugby.

Allí, con el paso cansino y vestidos con el traje azul y la corbata gris que es el uniforme oficial de Los Pumas en este Mundial, aparecieron Juan Figallo, Benjamín Urdapilleta, Tomás Lavanini, Nicolás Sánchez, Javier Ortega Desio, Nahuel Tetaz Chaparro, Emiliano Boffelli, Tomás Cubelli, Ramiro Moyano y Matías Orlando. Allí también se pudo observar en vivo el primer pantallazo del ánimo de los jugadores. Obviamente todos ellos estaban golpeados pero los más afectados eran Ortega Desio y Cubelli.

El octavo, con los ojos a puro brillo, no anduvo con vueltas y habló de «muchos sentimientos encontrados pero también tengo mucha angustia y frustración porque hacía mucho tiempo que estábamos trabajando para este partido».

Y amplió: «Acá no había mañana; la oportunidad era hoy y se pasó». Una curiosidad: Urdapilleta fue el que más tiempo habló. ¿Será titular contra Tonga y si juega aceptablemente bien le dará Mario Ledesma la chance de ser el apertura en el decisivo partido del 5 de octubre?

Tras la salida rápida del estadio Los Pumas fueron a un espacio de hospitalidad previamente reservado por la organización en el hotel Hilton donde se encontraron con todos los familiares que llegaron de Argentina. Y de ahí se fueron al Rihga Royal.

Cada uno, antes de la recuperación de la mañana (breves estiramientos físicos), se dedicó a repasar individualmente el partido en sus computadoras personales para empezar a ponerle fin a la pesadilla. Es que a partir de ahora empieza un nuevo Mundial para Los Pumas que saben que tienen tres finales por delante si pretenden llegar al objetivo de mínima planteado que es pasar a los cuartos de final. Al menos de afuera da la sensación que el grupo está bien y unido.

De todos modos se sabe que no alcanzará con un satisfactorio clima interno para derrotar a Inglaterra y esperar que en un virtual desempate contra los ingleses o con los propios ingleses y franceses, los números estén del lado argentino. Porque en definitiva habrá que mejorar mucho para que la llama de la ilusión no se apague demasiado pronto en Japón 2019.

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