Independiente-Deportivo Lara, por la Copa Libertadores: el Rojo ganó y vuelve a octavos de final después de 23 años

En 1995, la última vez que Independiente logró pasar la fase de grupos de la Copa Libertadores , Alan Franco y Fabricio Bustos no habían nacido; Nico Figal y Martín Benítez tenían un año, y Maximiliano Meza apenas tres. El dato vale para medir la inmensidad de tiempo transcurrido desde que el Rojo dejó de frecuentar las grandes marquesinas del fútbol continental.

Anoche, por fin, con todos esos pibes, la mayoría criados en la cantera del club escuchando hablar de la grandeza y los éxitos de épocas mejores, el Rey de Copas pudo romper el maleficio.

Arrancaba con todo a favor: la dependencia exclusiva de su propio rendimiento, una hinchada dispuesta a alentar pero también a esperar, como había pedido el técnico Ariel Holan, incluso murmurando un sonoro “¡shhhh!” cuando algún pase atrás en la primera media hora levantaba murmullos, un rival que anunciaba cierta debilidad. Pero sobre todo, un equipo con ideas claras y convencido de que era su momento.

La intención de pelear el partido en mitad de cancha y no refugiarse en su terreno le duró exactamente 5 minutos a Deportivo Lara. Bastó que por izquierda Benítez ganara sus primeros mano a mano frente a Aponte, que Silva empezara a ser su compañía perfecta y que el Torito Rodríguez apretara las tuercas de la recuperación en el medio para que todo empezara a pertenecerle al Rojo. Primero la pelota, enseguida el dominio y a partir de los 15, las ocasiones de gol.

Independiente mostró muchas de las virtudes que se le han elogiado desde que el año pasado logró darle la vuelta a su devenir de tiempos recientes. Fue paciente para mover el juego de un lado a otro, buscando huecos en el mar de camisetas blancas en que se convirtió el área visitante cuando los de Holan volcaron definitivamente el encuentro a su favor. Fue fiero para retroceder a toda velocidad cuando perdía la pelota en la transición. Y también, como tantas otras veces, fue ineficaz de cara al arco.

Gigliotti, Gaibor, Romero y Benítez tuvieron sus ocasiones (la del misionero a devolvió el travesaño en un preciso tiro libre) pero pasada la media hora Salazar mantenía su arco inmaculado. Fue entonces que el técnico local decidió mandar a Meza a la derecha y correr a Romero al centro. Y a Lara ya se le hacía imposible frenar tanto desborde y centro.

El gol se olía en cada ataque y que llegara de la manera pensada (olímpico, de Benítez, con complicidad del arquero mediante) fue apenas una anécdota.

Con el 1-0 y la clasificación en el bolsillo, lo que siguió fue una exhibición atacante de Independiente, mientras la hinchada ovacionaba a Meza (¿volverá después del Mundial o habrá jugado su último partido vestido de rojo?), recordaba que algunos jugadores de Racing no fueron elegidos para ir a Rusia y se ilusionaba con una Copa que no visita las vitrinas del club desde 1984.

Cuando a los 59 Carrillo vio la roja tras la enésima gambeta de Meza, todo pareció definido. Si el casillero de los goles no sumó más cifras fue porque el travesaño le dijo otra vez que no al imparable Benítez, Gigliotti no llegó a empujar abajo del arco un centro envenenado de Meza, Gaibor no logró la reivindicación definitiva en una gran jugada por izquierda y, como le ha sucedido varias veces en los últimos tiempos , le anularon un tanto por un fuera de juego inexistente de Gigliotti.

El tanto de Millonarios en San Pablo y cierto bajón del Rojo llevó los inevitables minutos de inquietud que suele vivir Independiente en cada partido. Hasta que a los 80 un contraataque bien trenzada por Benítez, Meza y Gigliotti liquidó la cuestión.

Fue el momento del desahogo, de despedir a Maxi Meza, de acordarse del rival de siempre y de lanzarse a soñar en grande. Independiente vuelve por fin a la zona de definición de la Copa que levantó más que nadie. Lo hace 23 años más tarde, con esos pibes que no habían nacido o eran demasiado chicos como para acordarse y que solo sabían de mística y épica porque se lo habían contado.

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